lundi 23 septembre 2013

De exámenes Médicos y de Records guiness


Esta mañana me desperté enfadada una vez más. Quisiera decir que empiezo la mañana con una sonrisa de oreja a oreja y desprendiendo vitalidad, pero no. No es habitual, pero tampoco es tan raro desde que soy mamá.

Si parto desde el principio del principio, debo reconocer que mis días locos de juventud se reducen básicamente a un cambio de domicilio, de país y a hacer lo que me apetecía a la hora que me apetecía;  sin por ello dejar de tener obligaciones y metas como todo buen cristian@... claro está.  Por qué digo esto? Porque es verdad, debo reconocer que lo que más extraño del pasado, son los días en los que hacía nada de nada, pero ojo, “nada”. Sólo me preocupaba eliminar ese minúsculo pelo de mi ceja que no había sido invitado; a ese sólo y único rebelde, astuto, que merecía una medalla porque se había salvado del anterior exterminio de la pinza…. Pasaba mis horas muertas en mi cuidado personal… bueno, y de otros menesteres femeninos que quitan tiempo también.

Fuera de todo eso, la maternidad vino a llegar el enorme vacío que sufrimos los humanos a una edad determinada. Qué bonito!!! Felicidades!!!! :p

Sí, el bebe en su etapa de descubrir, de comer y  destruir el mundo; la satisfacción de ver cómo avanza y como toma su lugar en tu casa, en tu vida, en tu cama… en tu tiempo… y no reniego en absoluto del hecho de ser mamá, al contrario, al fin muchas cosas tienen sentido. Pero hay una dualidad como persona: Un antes y un después. Una profesional y una dueña de casa. Una mujer y una mamá. Un baño y una ducha. Una noche y una siesta. Pequeñas diferencias que transforman la vida, un giro de 180 grados que apuntan hacia una dirección que se improvisa con el paso del tiempo.

En fin, cada una con su historia y yo con la mía…

Estas últimas semanas hemos tenido jaleo, y mucho. Que conseguir un banco para poder comprar una casa, encontrar la casa, convencernos, convencerles y al final, a esperar. Luego la universidad, que firma papeles, que envía documentos, que consigue dinero y al final, a esperar. Que buscar una guardería, encontrar la guardería, pedir plaza, conseguir dinero y al final, bingo!!!  La idea no me convence, pero no tengo más alternativa: mi hijo con casi 22 meses no quiere hablar, se niega, crece un par de centímetros, se rebela ya de plano… 'Si comenzamos así, Dios mío, la que me espera' me digo.

 Muchas personas con una vasta experiencia dirán que es normal, que hay que dejarlos madurar, que eso vendrá con el tiempo, y yo estoy de acuerdo absolutamente, pero la pediatra insiste en que debo soltar la cuerda y dejar a mi polluelo rodearse de desconocidos, y al mismo tiempo, realizar exámenes médicos para descartar problemas en sus oídos. Para apoyar la tesis de que tal vez tenga un problema auditivo,  me extiende un papelito con una cita médica con el fonoaudiólogo, para tratar en profundidad a mi hijo y determinar por qué diantres no quiere hablar.  Quiero volver a pedirle otra cita, porque creo que el problema es hereditario y necesito una para mi marido.

Hace varias noches que no duermo una noche completa, en realidad, hace varios meses. Mi hijo insiste en despertarse entre las 2 y las 3 de la mañana a grito pelado. Comienza como un rumor pero a medida que pasan los segundos, crece su impaciencia y  el volumen de sus chillidos de cachorro abandonado. El otro día en el super, después de deleitar a la concurrencia del lugar con un Solo en si mayor, nos felicitaron por los buenos pulmones que tiene. Puedo decir que el tiempo se paró un segundo cuando alcanzaba la nota más alta de su repertorio. Notable.

Por eso no entiendo cuando mi marido se hace el loco y se da media vuelta, fingiendo que está absolutamente dormido. Qué jodido. Si no estuviera tan cansada y tan dormida, lo bajaba de una patada de la cama… pero mejor no, no soy plenamente consciente de mis actos por las noches. Con decir que hace poco, mi hijo se despertó mojado porque se le pasó el pañal y para no ponerle la ropa limpia fría se me ocurrió plancharla… craso error. La mañana siguiente me desperté adolorida, me miré las manos y tenía la marca de la plancha, una bella quemadura en los dedos… claro, cuando terminé de planchar, decidí colocar la plancha en lo alto del armario para que nadie se quemara (excepto yo) y la coloqué como quien coloca un florero en la mesa. Brillante

Por eso me da la impresión de que mi hijo sigue los pasos de su padre y me ignora. Adriel, Adriel, Adriel, AAAdriel, AAAAAAAAAAAAAdriel!!!! Y sólo me responde de mala gana un grillo con un cri cri. 

Ni caso, ni aunque tenga una  galleta en la mano, ni aunque tenga su juguete favorito, ni aunque amarre al perro para que lo descalabre.. no hay caso, no se voltea. En cambio, no hace más que sonar mi móvil y adivinen quién corre a buscarlo… no hago más que dejar caer un alfiler cuando esta medio dormido y adivinen quién se pone a gritar… no hago más que abrir el candy crush para que corra a darle manotazos al teclado del pc… 
Por eso, creo me hace la ley del hielo y me ignora. Si tuviera que contar el número de veces que digo NO, NO LO HAGAS por hora, seguro me llevo un premio. Cuánta utilidad en una simple y pequeña palabra (claro que en mi caso no mucho). Todo lo que encierra esa mágica expresión… NO, le pegues al perro, NO toques la vajilla, NO te comas eso, NO le tires del pelo, NO le pegues al papá, a la mamá, a la tele, NO te acerques tanto, NO comas pelusas, NO lo rompas, NO te metas ahí, NO metas los dedos, NO te lo quites, NO te lo pongas, NO te levantes, NO te tires al suelo… en fin, jamás pensé que utilizaría esa palabra hasta el hartazgo. El SI, bastante menos, si tengo que ponerle un porcentaje… el 2%... lo mismo que para mi marido.

Por eso, necesito cranear una estrategia para pillar a estos dos bribones que me hacen despertar enfadada de vez en cuando.

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